Una persona no lee una novela como si fuera una tarea, la lee como si fuera una diversión. Está dispuesto a interesarse en sus personajes y está interesado en ver cómo actúan en ciertas circunstancias y en lo que le sucede; simpatiza con sus problemas y sus alegrías, se pone en su lugar y hasta cierto punto, vive sus vidas. Su visión de la vida y los grandes temas de la especulaci´n humana, ya sean expresados con palabras o mostrados en la acción, provocan en él una reacción de sorpresa, placer o indignación. Sabe instintivamente en donde reside su interés y lo sigue tan seguramente como un galgo persigue a un zorro. A veces por falla del autor, pierde el rastro, forcejea y lo recupera de nuevo.
No solamente el lector, encuentra una talanquera ante las fallas del novelista, también lucha contra las recomendaciones de los críticos, los mercedarios de la literatura o las recomendaciones bien intencionadas de sus amigos o colegas. Lo cierto es que, no puede haber un mayor perjuicio para los lectores, que los elogios indiscriminados concedidas a ciertas obras injustamente denominadas clásicas. El lector las lee y encuentra que tal pasaje o motivo no es convincente, que cierto personaje suena a falso o que tal o cual episodio no es pertinente, que una determinada descripción es aburrida. Es por todo lo anterior, que un lector es para sí su mejor crítico, solo él sabe qu{e lo divierte y que no. Sinembargo creo sostener que un novelista puede considerar que no se le hace justicia, si no se admite que él tiene derecho a exigirles a sus lectores que tenga la suficiente imaginación para poder interesarse en las vidas, alegrías, tristezas y aventuras de los personajes que ha creado. Si un lector no es capaz de dar algo de sí mismo, no podrá obtener de una novela lo que tiene para darle. Y si no puede hacerlo, es mejor que no la lea. No es ninguna obligación leer una novela de ficción.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada